viernes, 1 de febrero de 2008

En esta oportunidad quiero hablarles de un escritor chileno que me acompaño mucho en mi juventud, con un libro que marco mi enseñanza media, lectura obligatoria en primero medio, me refiero a Manuel Rojas y su "Hijo de ladrón".
Según mi parecer Manuel Rojas no pudo recibir todos los honores como debió haber sido por un simple hecho, la existencia de Pablo Neruda, quien opaco a todos los de su época por razones que no ventilare aquí.

Rojas inagura una forma de escribir muy interior, tan interior y personal que es el quien me insta a escribir mis primeros poemas de juventud, que dicho sea de paso no tiene ningun valor literario.

Luego aparecieron otros titulos para mi, como "Mejor que el vino", "Sombras contra el muro", "Lanchas en la bahia" y "La oscura vida radiante".

Manuel Rojas murio en el año 1973, despues de haber dedicado una vida entera a las letras, hombre autodidacta, hecho a mano de obrero, de lanchero, de caminante de la cordillera, de amigo de sus amigos.


Hijo de Ladron


Primera Parte

1

¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los que
he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor,
confusa. La culpa es mía: nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un
metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento
o a mil; y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a
veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los
otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el
fondo de la vida pasada. Creo que, primero o después, estuve preso. Nada
importante, por supuesto: asalto a una joyería, a una joyería cuya
existencia y situación ignoraba e ignoro aún. Tuve, según perece,
cómplices, a los que tampoco conocí y cuyos nombres o apodos supe tanto
como ellos los míos; la única que supo algo fue la policía, aunque no con
mucha seguridad. Muchos días de cárcel y muchas noches durmiendo sobre el
suelo de cemento, sin una frazada; como consecuencia, pulmonía; después,
tos, una tos que brotaba de alguna parte del pulmón herido. Al ser dado de
alta y puesto en libertad, salvado de la muerte y de la justicia, la ropa,
arrugada y manchada de pintura, colgaba de mí como de un clavo. ¿Qué
hacer? No era mucho lo que podía hacer; a lo sumo, morir; pero no es fácil
morir. No podía pensar en trabajar -me habría caído de la escalera- y
menos podía pensar en robar: el pulmón herido me impedía respirar
profundamente. Tampoco era fácil vivir.
En ese estado y con esas expectativas, salía a la calle.
-Está en libertad. Firme aquí. ¡Cabo de guardia!
Sol y viento, mar y cielo.


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